Las presentes líneas van a penetrar en un espacio físico de asombrosa belleza por su agreste y espléndida naturaleza. Nos referimos a las Batuecas y lo dicho es tan cierto como que consiguió en el año 2.000 la declaración de Parque Natural. Aunque pertenecen a la provincia de Salamanca, las Batuecas fueron parte de aquellos terrenos del Duque de Alba que se llamaron “La Dehesa de la Sierra o de Jurde”, así que entenderá el viajero que la historia de la región corriera la misma suerte que la de las Hurdes durante siglos.
Para realizar una incursión en las Batuecas sólo hay que tomar la carretera hacia la derecha, hacia la Alberca, desde las Cabañas de las Mestas; la misma que asciende junto al río, también llamado Batuecas. Antes de 2 km el asfalto penetra en tierras salmantinas y, como si eso fuera suficiente motivo, el viajero se sumerge en un medio de insólita belleza natural, de densa vegetación, apenas manipulada por la mano del hombre.
En realidad recibe el nombre de Batuecas el profundo valle que surca el citado río y los arroyos que vuelcan sus aguas sobre él, así como las altas montañas que los encierran y que están coronadas por curiosas formaciones de crestas de cuarcita. En el centro del valle se encuentra el “Desierto de San José de las Batuecas”, un monasterio fundado en 1599 por carmelitas descalzos para monjes de la Orden que deseaban llevar una vida de oración y meditación, siguiendo las pautas de los orígenes de dicha Orden.
Nuestra propuesta recomienda al viajero hacer los 3 km que hay desde las Mestas hasta el tercer puente sobre el río Batuecas, de donde parte el desvío hacia el monasterio; allí es necesario dejar el coche, para ver la parte que se puede visitar del cenobio y para acometer una excursión a pie junto a la senda que asciende junto al río Batuecas. En su camino podrá disfrutar de las sucesivas pozas naturales, de los pequeños saltos y cascadas que ha horadado el río y de una variada vegetación de alisos, fresnos, avellanos, castaños, alcornoques, encinas, acebos, madroños, encinas, amén de los omnipresentes brezos, tomillos, cantuesos y jaras que son sólo una pequeña referencia de la diversidad de la zona. Quizás el viajero acierte a ver cabras monteses, corzos, buitres o águilas que, entre una no menos variada fauna, habitan estos solitarios pagos. Finalmente hemos de decir que muy cerca de la senda, en los abrigos de los sucesivos canchales, el caminante podrá contemplar las pinturas rupestres que los pueblos antiguos dejaron como testimonio de que la zona estuvo poblada en épocas muy lejanas.
Esther de Aragón Balboa-Sandoval














