Cuando una persona deja de fumar y su organismo elimina los tóxicos que ha ido acumulando, empieza a experimentar diversos beneficios.
Si no padece ninguna de las enfermedades relacionadas con el consumo de tabaco (bronquitis, enfisema, cardiopatía, etc.), disminuye en gran medida el riesgo de contraerlas.
Si padece alguna de estas enfermedades, aumentará la probabilidad de recuperarse.
Su condición física mejorará: respirará con más facilidad, se cansará menos, y esas toses y flemas matutinas se aliviarán.
Pasados los primeros días de abstinencia, dormirá mejor.
Recuperará los sentidos del gusto y el olfato.
La piel de su cara recuperará el estado propio de su edad.
Desaparecerá el mal aliento característico de las personas fumadoras.
Si sus dedos y dientes empezaban a tener un color amarillento, recuperarán su aspecto natural.
¿Ha calculado el dinero que gasta cada año en fumar? Hágalo y se sorprenderá. Seguro que se le ocurren otros placeres a los que destinar ese dinero.
Por suerte, cada día es mayor la conciencia ecológica. Pero la ecología, bien entendida, empieza por dejar de intoxicar sus pulmones, y los de los demás, con el humo de su tabaco.
Si es usted padre o madre, debe saber que el primer fumador pasivo es el niño, que padece problemas res)iratorios con mayor frecuencia si vive en un am~iente de fumadores.
No pierda de vista, igualmente, la imagen que usted le está proyectando de que, entre personas adultas, lo normal es fumar. Dejando de fumar, le dará un ejemplo positivo de responsabilidad para con su salud.
No hablemos ya de los profesionales de la salud y de la educacion, quienes desempeñan un papel ejemplar de primer orden. Pues bien, estos son algunos de los beneficios que usted obtendrá al dejar el tabaco. ¿Cree que merecen la pena? ¡Piénselo bien! No se precipite. Madure su decisión. No intente dejar de fumar hasta que esté realmente convencido de que lo desea. ¿Le parece que nos sigamos planteando algunas cuestiones?
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