Castillo de Alburquerque – Badajoz

extremaduraEl castillo de Alburquerque lo construyó Alfonso Sánchez, hijo bastardo del rey D. Dionís de Portugal, en el año 1314, aunque otra versión dice que él solamente mandó reconstruirlo.

Fue sitiado en 1354 por D. Pedro de Castilla, cuando lo defendía Martín Alonso, y se retiró sin atreverse a asaltarlo por la gran fortaleza que suponía y la buena guarnición que la defendía; Martín Alonso entregó el castillo al infante D. Enrique, quien, proclamado rey castellano en 1366, dio el señorío de Alburquerque y el castillo a su hermano Sancho, con título de Conde.

A finales del mismo siglo atacó esta fortaleza el Maestre de Avis, y después de muchas incidencias, vino a parar este castillo al Condestable Alvaro de Luna;luego a D. Enrique, que erigió en Ducado este señorío y donó la fortaleza a D. Beltrán de las Cuevas, Maestre de Santiago.

El castillo cuenta con cuatro recintos fortificados y escalonados en la vertiente Norte; la subida a través del recinto defensivo es de una hermosa estampa guerrera. La puerta de entrada se abre entre dos altísimos cubos unidos por una recia cortina, y en la misma se ven las armas de D. Alfonso Sánchez.

El escudo representa las murallas de la villa de Alburquerque en campo de plata; una cruz atraviesa a todo el escudo y en él nueve jaqueles con cinco castillos de oro en campo rojo, y cuatro leones rojos también en campo de plata; en los cuatro cuarteles del mismo, van cinco escudos de las reales quinas de Portugal, que son azules con estas quinas de plata.

Este escudo estuvo colocado en las murallas de Alburquerque sobre la puerta llamada de la villa, frente a la entrada de la iglesia de San Mateo. Anduvo rodando mucho tiempo y después estuvo en la iglesia del castillo; recogida más tarde fue llevada al Museo Arqueológico de Badajoz. La primera entrada en el castillo se hace por una puerta cubierta en la muralla más baja entre un torreón cuadrado y otro cúbico; esta entrada lleva al primer recinto a través de una galería a modo de mina. A la izquierda se eleva un baluarte con una torre redonda a la que se abre la puerta del segundo recinto. Si se continúa subiendo, a la derecha, después de ascender por una rampa escalonada, está la última puerta que da acceso a la plaza de armas, abierta junto a una torre cuadrada en ángulo. Con todas estas desviaciones, se pretendía, que los asaltantes al entrar se vieran obligados a presentar sus flancos a los defensores apostados en las murallas del lado izquierdo al del escudo. En la plaza de armas se alza la torre del Homenaje y en este recinto se eleva también su capilla. Sobre ésta hay una terraza donde está la entrada de la torre, que es de cinco pisos. Esta torre comunica con la torre albarrana de poniente, mediante un puente de arco apuntado.

Este castillo se encuentra abandonado y arruinándose por la indiferencia del Municipio y del pueblo, pero más tarde se hicieron importantes reparaciones, presentándose en la actualidad una fortaleza con un imponente aspecto. Sus impresionantes construcciones se alzan gallardas en los altos del peñascal que domina el caserío urbano. Se cuenta, que durante la Guerra de Sucesión, fue sitiada la plaza por las tropas del Archiduque de Austria, pretendiente a la corona de España, por el General portugués Conde de las Galbeas.

Gobernaba la plaza el Coronel de Milicianos españoles, D. José Losada, soldado de Flandes, que, considerando que las cisternas y aljibes no habían sido previamente llenadas para resistir un asedio, se rindió a los nueve días de sitio, a las fuerzas enemigas. A los defensores que se rindieron se les permitió salir con sus armas y banderas desplegadas y se le rindieron todos los honores. Formado Consejo de Guerra por el Marqués de Bay, Comandante General del Ejército de Extremadura, el Coronel Losada fue condenado y desterrado a Ceuta, de donde huyó más tarde a Portugal, en donde murió de viejo sin volver jamás a España. Durante la Guerra de la Independencia, la guarnición del castillo, constituidos por un puñado de valientes, resistió las briosas acometidas de las tropas francesas con gran alarde de artillería, estas, quienes no sin trabajo y con cuantiosas pérdidas obligaron a la rendición.

Matías Lozano Tejeda

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